martes, 21 de abril de 2009

MAYA PLISETKAYA


MAYA PLISETSKAYA


La bailarina y coreógrafa Maya Plisétskaya, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2005, da cuenta de su vida y de su carrera en una autobiografía editada por Nerea que ahora ve la luz en castellano gracias a la traducción del ruso realizada por María García Barris. Esta leyenda viva de la danza asistió hoy a la presentación de este libro en la Sociedad General de Autores y Editores y dejó constancia de su amor por España nacido en su más tierna infancia.Su amigo personal y especialista en danza, Ricardo Cué, fue el encargado de presentar esta edición en el transcurso de un acto que congregó a numerosas personas. Cué calificó a Plisétskaya de "leyenda, diosa, gran artista, genio y ser maravilloso" y recordó los momentos principales en la vida de la coreógrafa que se reflejan en este libro realizado gracias a los diarios que, con gran detalle, ha llevado la artista hasta 1993. Así, Cué aludió a su nacimiento, en 1925, en un momento de revolución en el que lo principal era sobrevivir y "buscar un poco de libertad". La muerte de su padre, ejecutado por orden de Stalin en 1937, la deportación de su madre con su hermano al gulag y el hecho de ser considerada "hija de enemigo del pueblo" forman parte de estas vivencias plasmadas por la artista quien gracias a sus tíos comenzó su carrera como bailarina en el Bolshoi."Poco a poco fue cambiando el arte sin mancharlo ni estropearlo", dijo Ricardo Cué. Con 'El Quijote', 'El Lago de los cines' o 'La muerte del cisne' "hipnotizó al mundo". Este experto recordó también los momentos de censura política y artística que impidieron a Maya Plisétskaya viajar fuera de su país, un periodo muy duro "que le hizo pensar en el suicidio en numerosas ocasiones", tal y como ella misma confiesa en el libro.La presencia de su aliado más fiel, su marido el pianista Rodión Shchedrín, quien compuso para ella cinco ballets, fue determinante en su vida. Su primera salida a Nueva York, donde el New York Times la llamó "la Callas del ballet", o sus actuaciones en París y Buenos Aires fueron también destacados por Cué quien finalizó asegurando que Plisétskaya "baila como pocas en el mundo, crea cada momento y nunca mintió con su cuerpo sino que inventó la danza".
Por su parte, la artista que a sus 81 años se muestra espléndida en todos los sentidos, recordó antes que nada su amor e "ilusión" por España desde niña. "El primer disco que oí en mi vida fue 'Carmen'. Yo tenía 7 años y aún no bailaba. A los 10, en la escuela coreográfica me entusiasmaba 'La jota española' y la bailaba con placer. Luego, en el teatro he bailado 'Don Quijote' o 'Fuenteovejuna', ballets clásicos sobre tema español, y mi esposo me escribió 'Imitación de Albéniz' y 'Carmen suite' en donde se hacía realidad este sueño que me persiguió desde siempre", dijo."El año pasado, por mi 80 cumpleaños, hicieron una gran fiesta en el Kremlin y pude bailar flamenco con Joaquín Cortés. Aquello tuvo mucho éxito", apostilló asegurando que en ella había mucho de España antes de venir a trabajar aquí.A este respecto, la bailarina y coreógrafa confesó que no volvería en las mismas circunstancias que cuando estuvo dirigiendo el Ballet Lírico Nacional. "La mayor dificultad era el idioma y luego había algunas personas que se aprovecharon de ello y ponían en mi boca cosas que nunca pensé ni imaginé. Con los artistas no tuve problemas, eran mis compañeros, pero reconozco que mi capacidad organizadora era menor que mi capacidad como bailarina. Aquello fue un tormento", declaró.A pesar de ello, Plisétkaya viene de vez en cuando a dar clases magistrales, como las que ofreció el año pasado en el Teatro de Madrid invitada por José Manuel Garrido.
Preguntada por los duros golpes recibidos en la vida, la artista aseguró que "lamentarse no sirve de nada" y señaló que todo lo que ha hecho ha sido superando "mucha resistencia", gracias a lo cual se halla ahora donde está. Para ella, recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Artes fue algo que le desbordó de entusiasmo. "Sabía que nunca se le había dado un premio tan alto al ballet y me sentí orgullosa y aún más por compartirlo con una joven bailarina como Tamara Rojo", dijo.Sobre las claves de su longevidad profesional, Maya Plisétskaya puso un ejemplo: "Es como los cientos de rosas que me regalan, las cuido y les cambio el agua diariamente, pero al final todas acaban mustias, menos una. Pues eso mismo ocurre con las personas", concluyó.

MARIUS PETIPA

MARIUS PETIPA

Marius Petipa era un trabajador incansable, de una inventiva prodigiosa, a quien nunca le habría hecho perder el sueño tener que montar en poco tiempo una serie completa de nuevos números de danza. Pero su talento no se limitaba sólo a estas cualidades de eficiencia y productividad. Su genio residía, primordialmente, en el hecho de haber pensado en la danza como manifestación pura.
En el mes de mayo de 1847, un joven marsellés llamado Marius Petipa llegó por barco a San Petersburgo. Llegaba con un contrato por un año como primer bailarín en el prestigioso Ballet del Teatro Mariinsky y llevaba en su valija tres bufandas gruesas; su madre había escuchado que el clima era terriblemente frío y que incluso las calles poseían sistemas de calefacción.El hermano de Marius, Lucien, y el padre de ambos, Jean Antoine, también eran profesionales de la danza, actividad que a lo largo de los años había llevado a los tres Petipa por diferentes teatros, pueblos, ciudades, países. Sin embargo, esta existencia trashumante no fue demasiado prolongada en el caso de Marius: aquel año inicial de contrato en San Petersburgo acabó por ser una residencia definitiva.Marius Petipa dedicó casi seis décadas de su vida al ballet ruso; primero bailarín, luego asistente de su compatriota Jules Perrot, desde 1862 maestro de ballet, el equivalente de coreógrafo estable, en 1869 alcanzó el puesto de director absoluto del Ballet Imperial. Retuvo ese cargo hasta 1903, cuando le fue pedido el retiro en medio de las voces críticas de muchos artistas jóvenes, que lo acusaban de anacrónico. Tenía noventa y dos años cuando murió; fue el 14 de julio de 1910 en la ciudad de Gurzuf, Crimea.Petipa nunca logró dominar el idioma de su patria adoptiva (se cuenta que cuando trataba de expresarse en ruso decía involuntariamente todo tipo de obscenidades), y sin embargo se consubstanció grandemente con ella. Sus aportes a la compañía imperial marcaron de una manera excepcional y definitiva la historia del ballet ruso, y finalmente también del ballet universal; basta pensar en algunos de los títulos que persisten en el repertorio de las compañías de danza hasta el día de hoy: El lago de los cisnes, Don Quijote, Raymonda, Paquita, El corsario, La bayadera y escenas del segundo acto de Giselle.Su producción total fue mucho más vasta y en cierta forma inclasificable: obras diferentes contenían, en proporciones variables, cuentos de hadas, fantasías de todo tipo, influencias del ballet romántico francés, temas históricos tratados de una manera no muy rigurosa, y como ingrediente exótico, danzas inspiradas en folclores de distintos países.Si bien ocupar el sitio de todopoderoso director del Ballet Imperial debió satisfacer a un carácter que se ha descripto como autocrático, Marius Petipa estaba obligado a cumplir tareas no siempre sencillas: por un lado, complacer los gustos de banqueros, aristócratas y comerciantes ricos, ansiosos de novedades, que constituían el grueso del público de ballet; por otro, satisfacer las exigencias de sus primeras bailarinas, dándole a cada una papeles destacados y diferentes porque no olvidemos que varias de ellas tenían poderosos protectores en los círculos zaristas.Es muy interesante comprobar cómo estos pesados condicionamientos contribuyeron a desarrollar y expandir el vocabulario del ballet. Marius Petipa era un trabajador incansable, de una inventiva prodigiosa, a quien nunca le habría hecho perder el sueño tener que montar en poco tiempo una serie completa de nuevos números de danza. Pero su talento no se limitaba sólo a estas cualidades de eficiencia y productividad. Su genio residía, primordialmente, en el hecho de haber pensado en la danza como manifestación pura.Los temas de sus ballets son cuestiones secundarias: el argumento de El lago de los cisnes o de La bella durmiente puede relatarse en veinte palabras. Lo que realmente importa es la imaginación coreográfica y la musicalidad de los solos, dúos, tríos y conjuntos que pueblan bien mirados, sin peso narrativo, sus imperecederos ballets.

Marius Petipa era un trabajador incansable, de una inventiva prodigiosa, a quien nunca le habría hecho perder el sueño tener que montar en poco tiempo una serie completa de nuevos números de danza. Pero su talento no se limitaba sólo a estas cualidades de eficiencia y productividad. Su genio residía, primordialmente, en el hecho de haber pensado en la danza como manifestación pura.
En el mes de mayo de 1847, un joven marsellés llamado Marius Petipa llegó por barco a San Petersburgo. Llegaba con un contrato por un año como primer bailarín en el prestigioso Ballet del Teatro Mariinsky y llevaba en su valija tres bufandas gruesas; su madre había escuchado que el clima era terriblemente frío y que incluso las calles poseían sistemas de calefacción.El hermano de Marius, Lucien, y el padre de ambos, Jean Antoine, también eran profesionales de la danza, actividad que a lo largo de los años había llevado a los tres Petipa por diferentes teatros, pueblos, ciudades, países. Sin embargo, esta existencia trashumante no fue demasiado prolongada en el caso de Marius: aquel año inicial de contrato en San Petersburgo acabó por ser una residencia definitiva.Marius Petipa dedicó casi seis décadas de su vida al ballet ruso; primero bailarín, luego asistente de su compatriota Jules Perrot, desde 1862 maestro de ballet, el equivalente de coreógrafo estable, en 1869 alcanzó el puesto de director absoluto del Ballet Imperial. Retuvo ese cargo hasta 1903, cuando le fue pedido el retiro en medio de las voces críticas de muchos artistas jóvenes, que lo acusaban de anacrónico. Tenía noventa y dos años cuando murió; fue el 14 de julio de 1910 en la ciudad de Gurzuf, Crimea.Petipa nunca logró dominar el idioma de su patria adoptiva (se cuenta que cuando trataba de expresarse en ruso decía involuntariamente todo tipo de obscenidades), y sin embargo se consubstanció grandemente con ella. Sus aportes a la compañía imperial marcaron de una manera excepcional y definitiva la historia del ballet ruso, y finalmente también del ballet universal; basta pensar en algunos de los títulos que persisten en el repertorio de las compañías de danza hasta el día de hoy: El lago de los cisnes, Don Quijote, Raymonda, Paquita, El corsario, La bayadera y escenas del segundo acto de Giselle.Su producción total fue mucho más vasta y en cierta forma inclasificable: obras diferentes contenían, en proporciones variables, cuentos de hadas, fantasías de todo tipo, influencias del ballet romántico francés, temas históricos tratados de una manera no muy rigurosa, y como ingrediente exótico, danzas inspiradas en folclores de distintos países.Si bien ocupar el sitio de todopoderoso director del Ballet Imperial debió satisfacer a un carácter que se ha descrito como autocrático, Marius Petipa estaba obligado a cumplir tareas no siempre sencillas: por un lado, complacer los gustos de banqueros, aristócratas y comerciantes ricos, ansiosos de novedades, que constituían el grueso del público de ballet; por otro, satisfacer las exigencias de sus primeras bailarinas, dándole a cada una papeles destacados y diferentes porque no olvidemos que varias de ellas tenían poderosos protectores en los círculos zaristas.Es muy interesante comprobar cómo estos pesados condicionamientos contribuyeron a desarrollar y expandir el vocabulario del ballet. Marius Petipa era un trabajador incansable, de una inventiva prodigiosa, a quien nunca le habría hecho perder el sueño tener que montar en poco tiempo una serie completa de nuevos números de danza. Pero su talento no se limitaba sólo a estas cualidades de eficiencia y productividad. Su genio residía, primordialmente, en el hecho de haber pensado en la danza como manifestación pura.Los temas de sus ballets son cuestiones secundarias: el argumento de El lago de los cisnes o de La bella durmiente puede relatarse en veinte palabras. Lo que realmente importa es la imaginación coreográfica y la musicalidad de los solos, dúos, tríos y conjuntos que pueblan bien mirados, sin peso narrativo, sus imperecederos ballets.

MARÍA GIMENEZ


MARIA GIMENEZ

En la actualidad es una de las figuras más importantes de la danza clásica en España y su carrera como Primera Bailarina ha sido reconocida en el ámbito internacional con una amplia demanda de Compañías, Festivales, Premios y Galas de Estrellas a escala mundial.
Nace en Madrid (1971) donde inicia sus estudios de danza clásica y española a la edad de cuatro años con la maestra Alicia Victoria. Posteriormente entra a formar parte de la Escuela del Ballet Clásico Nacional para continuar sus estudios en el Centro de Danza Víctor Ullate, donde adquiere su poderosa técnica clásica.
Matricula de Honor en el Real Conservatorio de Danza de Madrid. ( Madrid 1.987)
Premio Jonhson en el “ Prix Lausanne” (Lausanne 1.988)
Premio Especial de Eurovisión (1989 París)
Premio “Mejor Bailarina del año” ( 1.996 Italia)
Premio Nacional de Danza ( Madrid 1.998)
Primera Bailarina del Ballet de la Comunidad de Madrid
Estrella invitada del Ballet Nacional de Marsella (Roland Petit)
Estrella invitada al Ballet Nacional de Cuba; Opera de Zurich, Ballet Nacional de Nancy, Ballet Comunale de Florencia, Opera de Praga, Balleto de Torino......
A lo largo de su carrera protagoniza los roles principales de los más importantes Ballets del Repertorio Clásico: Giselle, Don Quijote, La bella Durmiente, Coppelia, El Lago de los Cisnes, La Bayadere, El Corsario, Las Sílfides, Cascanueces y Raimonda
En el 2.000 forma su propia Compañía para realizar el espectáculo “En Blanco y Negro”. En esta ocasión, actúa no solo como Primera Bailarina sino que produce, dirige y coreografía (junto a José Antonio) el espectáculo.
En el 2.003 coreografía el musical “Siete Novias para siete Hermanos”
María Giménez, la bailarina del 2000 según la prensa, ha conseguido el reconocimiento de critica y publico con un repertorio que incluye roles protagonistas tanto en obras de la gran tradición romántico-clásica como neoclásica y contemporánea sin olvidar el amplio repertorio de obras creadas especialmente para ella.
En el 2.002 entra en la historia del Ballet como la primera bailarina española que ejecuta completo el Ballet Clásico por excelencia “La Bella Durmiente” junto a Maximiliano Guerra y La Opera de Praga. Esta interpretación la ha supuesto el reconocimiento internacional de la critica elevándola a los más altos niveles dentro de la danza clásica
En el 2.003 abre en Madrid su propia Escuela “ARTE 369” dirigiendo e impartiendo clases inicia así la formación de una poderosa cantera de bailarines clásicos con un sello muy específico.
En 2.005 enfrenta su mayor reto artístico, la creación de una Compañía de Ballet Clásico “Ballet Clásico ARTE 369”, e inicia su andadura con el ballet romántico por excelencia: “GISELLE”.

MARGOT FNTEYN


MARGOT FONTEYN

De muy pequeña inició sus estudios de danza clásica, comenzando en Hong Kong y continuando posteriormente en Londres, a la corta edad de 14 años realizó una audición con el «Vic-Wells Ballet», donde hizo su debut en 1934 bailando unos de los copos de nieve del ballet Cascanueces. Para 1939 ya había interpretado muchos de los roles principales de los ballets clásicos: Aurora en La bella durmiente, Giselle en Giselle y el difícil rol Odette/Odile de El lago de los cisnes. El coreógrafo inglés Sir Frederick Ashton creó varios ballets especialmente para ella, la consideró una de sus musas y su relación duró 25 años.
La carrera de Fonteyn continuó en ascenso y ya hacia el final de 1950 había interpretado casi todos los roles principales de los ballets clásicos. Durante los años 1940, Fonteyn mantuvo una larga relación con el compositor británico Constant Lambert, con quien no llegó a casarse. En 1956 se casa con Roberto de Arias, diplomático y playboy panameño, y su vida se dividió entre bailar y cumplir los roles de la esposa de un embajador.
Cuando en 1961 Rudolf Nureyev escapó de Rusia, la coreógrafa Ninette de Valois lo invitó a bailar en Londres como partenaire de Fonteyn (quien ya había sido consagrada estrella del Royal Ballet de Londres). Si bien esta alianza, que daba el efecto de no perdurar demasiado, fundamentalmente por los cuarenta y tres años de edad de Fonteyn y cuyas intenciones eran las de retirarse definitivamente de la profesión, persistió -con marcado éxito- a lo largo de variosaños de actuaciones. La pareja Fonteyn/Nureyev fue la más famosa pareja de danzas en la historia del ballet clásico.
La bailarina y coreógrafa Ninette de Valois que también tenía una escuela de Danzas en donde Fonteyn aprendía y perfeccionaba sus conocimientos, fue la musa inspiradora de esta última. Fonteyn consideraba a Valois como una mujer impredecible y maravillosa y una excepcional bailarina que despertaba en ella -aún más- su amor por la danza.
Era tan grande la pasión que despertaban en el público las actuaciones de la pareja de Fonteyn junto a Nureyev que llegaban a provocar hechos insólitos en sus actuaciones. Tal es así que durante una función en Viena, fueron llamados ochenta y nueve veces a escena para saludar al público presente en la sala que vibraba de emoción y entusiasmo.
Fonteyn se retiró en el año 1970, pasados los 50 años de edad (lo que era toda una hazaña para una bailarina con tanta continuidad en la actuación y con tanta desenvoltura y agilidad que sorprendía notablemente a su público, como a los críticos en la materia). A partir de entonces se instala definitivamente en Panamá.
Luego del fallecimiento de su esposo, se traslada a una quinta -denominada La quinta pata- que ella consideraba su paraíso personal. Fallece a los 71 años de edad.

IGOR YEBRA


IGOR YEBRA
Igor Yebra, (nacido el 1 de agosto de 1974) nace en Bilbao donde comienza sus estudios, al año se traslada a Madrid para continuarlos en la escuela de Victor Ullate entrando a formar parte de la compañía de manera inmediata. Allí, compagina su aprendizaje con el trabajo profesional, y posteriormente amplía conocimientos de la manos de maestros como: Karemia Moreno, Angela Santos y Pino Alosa entre otros. Se graduó en el Real Conservatorio de Danza de Madrid con Matrícula de Honor.
Entre 1987 y 1996 bailó como primer bailarín en el Ballet de la Comunidad de Madrid, participando en el estreno absoluto de Arraigo, con coreografía de Víctor Ullate y música de Jerónimo Maesso, enriqueciendo su repertorio neoclásico con coreografías de Van Manen, Van Dantzing, Linkens, Christe, Amodio, Balanchine, Van Hoecke y Ullate. A finales de 1996 comienza su andadura en solitario incluyendo en su repertorio clásico-y en diferentes versiones coreográficas-, obras como Giselle, Don Quijote, La Sílfide, Romeo y Julieta, El Lago de los Cisnes, Coppélia, Las Sílfides, El cascanueces, "La Bella Durmiente y los pasos a dos del Corsario y La bayadera. Su repertorio neoclásico incluye las obras: Tema y Variaciones, Concerto Barroco, Allegro Brillante, y Tchaikovsky Pas a Deux (Balanchine) entre otras.
Ha bailado como artista invitado con el Atter Balleto, Ballet de la Opera de Niza, Ballet Nacional de Cuba, Ballet Nacional de Venezuela, Ballet del Kremlin, Teatros del Bolshoi y Kirov, Scottish Ballet, Ballet de la Opera de Roma, Australian Ballet, Ballet Nacional de Lituania y Ballet de La Arena de Verona.
Desde 1998 en ocasiones puntuales, coreografía piezas bailadas por él: "Las Memorias de Adriano", "Carmen"; óperas: "La Traviata", "Aída" o "El Señor Bruschino"; y solos: "La Muerte del Cisne" y "Don José".
EL 31 de diciembre de 2006 fue nombrado bailarín estrella de la Ópera nacional de Burdeos. La ucraniana Oksana Kucheruk será la partenaire del bailarín.
En 2006 cumplió uno de sus mayores sueños, abrir una academia en Bilbao. En esta se dan clases iniciación a niños de entre cuatro y nueve años y a partir de esa edad, formación de ballet clásico, danza contemporánea y baile de salón. También dan clases de ballet a aquellas mujeres de más de 30 años que en su momento no pudieron aprender.
Premios:
Grand Prix Concurso de Eurovisión Paris, 1987
Premio "Danza y Danza" al mejor bailarín del año en Italia 1996
Segundo Premio en el concurso de Maya Plissetskaya, 1996.

ANNA PAVLOVA


ANNA PAVLOVA

Pavlova era una niña frágil, una fragilidad aparente debida a que desde su infancia fue muy enfermiza. Había nacido prematuramente, diminuta y débil, un 31 de enero de 1882, en San Petersburgo, Rusia. Desde sus primeros años había sufrido todas las enfermedades propias de la niñez. Luego vendrían otros tiempos y ella cambiaría.

Huérfana de padre, desde los dos años de edad, fue Pavlova una niña mimada por su madre. Esta última tenía sangre rusa y judía, y estaba preocupada por la salud de su hija, por lo que decidió enviarla con su abuela, quien se encontraba en el campo, en Ligovo. Allí Pavlova se enamoraría de la naturaleza y más tarde interpretaría esto en su arte a través de La libélula, La amapola de California, Hojas de otoño y otros personajes.

La vocación de Pavlova había nacido a partir del día en que su madre la había llevado a ver el ballet de La Bella Durmiente. La niña tenía 8 años y desde entonces no tuvo mas que un anhelo: ingresar a la Escuela de Danza. Ella ya era una bailarina, aunque faltaban ciertos requisitos.

Cuando Ana presenta el examen de ingreso tenía apenas diez años y estaba todavía muy enclenque, pero debió haber sido mucha su disposición para el baile, ya que tanto la salud como la robustez se consideraban esenciales para su aceptación.
Pavlova estaría por espacio de siete años sometida a un régimen intenso en esta Escuela, donde no solamente resistiría a todos los ejercicios a pesar de su fragilidad, sino que adquiría la salud y el vigor que tanto necesitaba y conservaría hasta el fin.

Sus primeros maestros fueron Oblakov, Ekaterina Vazen, Pavel Guerdt, el sueco Christian Johansen y el francés Marius Petipa. La nacionalidad de éste último, Petipa, no constituía ni mucho menos una incongruencia en el ballet ruso.

El ballet había nacido en Francia. Había nacido con la fundación de la Academie Nationale de la Danse en 1661 por Luis XIV, y cuando el zar Pedro el Grande impulsó este arte de la danza clásica en Rusia lo hizo llevando hasta su reino a maestros franceses.

Ana Pavlova había iniciado su carrera escénica en el Teatro Mariinsky (Opera Imperial) representando diversos papeles, sin pasar por lo que se llama «cuerpo de baile». Luego, más tarde, en el transcurso de los años, a Pavlova le tocaría interpretar un papel muy especial: el famoso cisne.
En 1905 Pavlova había sido invitada a participar en una gran función benéfica y pidió a su amigo Michael Fokin que le aconsejara una pieza musical para bailar. Fokin propuso El cisne, de Saint-Saëns. En un momento compuso la danza y en seguida empezaron a ensayar. Así nacería el «solo» del ballet más famoso de todos los tiempos: "La muerte del cisne".

El éxito que acompañaron a estar giras decidieron a Diaghilev (uno de los máximos dirigentes de grupos de ballet) el llevarla a París, pero no duró mucho con él. Ciertos problemillas los distanciaron. Las ideas, como que no checaban entre ellos. Pavlova defendía el ballet clásico y hacía a un lado las tendencias modernas que, según ella, amenazaban al arte del ballet.

Ella representaba la extrema derecha; él, la extrema izquierda. Diaghilev llevaría el ballet a un nivel de unidad artística, mientras que la Pavlova lo elevaría al pináculo de la perfección. Diaghilev sería reconocido por intelectuales y artistas, Pavlova sería admirada y querida por millones.
Pavlova formó su propia compañía. Más tarde, el 28 de febrero de 1910, aparecería por vez primera en el Metropolitan Opera House de Nueva York con el ballet Coppelia, llevando a Michael Mordkin como su partenaire. Su triunfo, ni qué dudar, fue avasallador.

En abril de ese mismo año inició una temporada en el Palace Theatre de Londres, que duró hasta agosto. Durante los cinco años siguientes repitió una temporada anual de quince o veinte semanas en ese mismo teatro de la capital inglesa, temiendo una retribución de mil doscientas libras esterlinas como paga.

Como era de esperarse, Ana Pavlova conquistó al público londinense desde la primera vez. En 1912 ella y su marido compraron una vieja casa en la parte alta de la ciudad, con un jardín frondoso, un pequeño estanque y paredes recubiertas con hiedra. Ivy House era la casa. Esta se convertiría desde entonces en su hogar permanente, sin dejar de conservar, por otro lado, su departamento en San Petersburgo, pues Ana Pavlova iba todos los años a bailar en el Teatro Mariinsky.

Más tarde, en 1913, hizo sus últimas apariciones en San Petersburgo, dimitió al Mariinsky y dejó el departamento. Le era demasiado difícil conservar esa doble vida estando una parte del tiempo en el extranjero y la otra en Rusia. Por otro lado, acababa de firmar un importante contrato para realizar una larga gira por Estados Unidos y Canadá.

Terminando la gira por América del Norte, en mayo de 1914, durante el verano siguiente, Pavlova estuvo por última vez en Rusia. Al declararse la guerra, Ana se encontraba en Alemania, logrando luego volver a Inglaterra, vía Bélgica. En septiembre embarcaría de nuevo a Estados Unidos para llevar a cabo otra gira.
A Pavlova le eran indiferentes los convencionalismos. Estaba dispuesta a bailar en cualquier parte donde la gente quisiera verla. «Quiero bailar para el mundo entero» -decía. El Palace de Londres, teatro de variedades (conocido lugar por el que en estos últimos 20 años han pasado revistas musicales tales como Jesucristo Super Estrella, José el Soñador, Evita, Cats, El Fantasma de la Opera, entre otras), fue una prueba humillante para Nijinsky, cuya esposa cuenta que la cegaron las lágrimas al verlo bailar entre un número de payasos y otro (número) donde salía un cantante de cabaret.

Realmente Pavlova se burlaba de los convencionalismos, pues llegó a bailar en el Hippodrome de Nueva York, entre elefantes amaestrados y coloridos y alegres titiriteros. Su deseo era prodigar el arte, llevarlo a todos los rincones, de ninguna manera el de encontrar públicos fáciles de contentar; por el contrario, se lamentaba de la falta de exigencia en el público norteamericano, del que una vez dijo: «El público de aquí es tan excesivamente generoso que, aunque me conmueve, no me ayuda. Sé que esta noche no he bailado La muerte del cisne tan bien como de costumbre, pero los aplausos han sido los mismos.

En Estados Unidos Pavlova tenía buenos amigos, entre ellos Mary Pickford, Douglas Fairbanks y Charlie Chaplin, las cuales la persuadieron a filmar sus danzas. En la película que se conserva, tomada en 1912, puede verse algo de su gran estilo y personalidad que transmitía. Una cinta donde se deja ver toda una gran artista.

Vendrían, ahora sí, las giras. En América, no sólo se presentaría en Estados Unidos y Canadá, sino que también visitaría México, Río de Janeiro y Buenos Aires. Y no sólo estos sitios sino que también llegaría hasta los más remotos lugares del continente, a pesar de las dificultades e incomodidades que suelen acompañar este tipo de viajes a las compañías.

Al terminar la guerra volvería a su casa en Londres, reanudando sus giras por toda Europa, extendiendo éstas al poco tiempo por todo el mundo. Visitaría la India, Malasia, Japón y otros países del Extremo Oriente. También lo haría por Egipto, Sudáfrica, Austria, Nueva Zelandia y muchos otros más.

Hemos ya mencionado que Pavlova era una enamorada de la naturaleza. Amaba las aves, las flores, los insectos... En su jardín de Ivy House tenía cisnes, flamencos y pájaros. Por las noches, al regresar del teatro, se paseaba un rato por la paz y el silencio de su jardín. De ahí tomaría inspiración para interpretar papeles como el Cisne, la Libélula y la Amapola. Sus versiones estaban arrancadas de la naturaleza misma, de su identificación y armonía perfecta con cada una de estas creaturas.

Así, para interpretar "La muerte del cisne" era necesario, además, de la identificación formal con la bella y efímera creatura, olvidarse de la propia personalidad de bailarina, absorber la tragedia y transmitir ésta con arte de actriz. Pavlova tenía y vivía ese sentimiento profundo y sólo ella sabía expresarlo.
México tuvo el privilegio de presenciar a Ana Pavlova en "La muerte del cisne" y, con ello, un hecho conmovedor, único, en la carrera de esta gran bailarina. Pablo Casals se hallaba en la capital de este país cuando se anunció la actuación de Ana.

Casals convino con el empresario del ballet que cuando fuera a presentarse "La muerte del cisne" el primer cello de la orquesta permaneciera callado y el maestro, oculto entre bambalinas, tocaría la parte correspondiente.

«Cuando empecé (a tocar) -cuenta Casals-, la bailarina se volvió asombrada, buscando al cellista escondido. En cuanto concluyó su danza salió corriendo del escenario, me abrazó y me besó. Luego me llevó con ella a escena para recibir los aplausos del público».
En enero de 1930 Ana Pavlova realiza la última gira de su vida por Europa. Bailó en el sur de Francia, Suiza, Alemania, Dinamarca, Suecia, Noruega y, finalmente, en París. Tomaría luego unas vacaciones regresando inmediatamente a Londres donde terminaría en el Golders Green Hippodrome, donde el 13 de diciembre brindaría aquí su última actuación.

Su siguiente gira continental debía comenzar (nunca comenzó) el 19 de enero de 1913. Pavlova había decidido descansar unos cuantos días en Cannes (Francia) y a la vez recibir un tratamiento para la rodilla izquierda, en la que sentía cierta molestia. La rodilla se curó y, el 10 de enero, Pavlova se dirigió a París para dedicarse a ensayar ciertos números. Mientras tanto su esposo iría a Londres a resolver unos problemas antes de reunirse con ella en La Haya.

El tren de Cannes a París se había detenido a causa de un accidente. Pavlova había salido del vagón para ver lo que sucedía. Se dice que fue aquí donde atrapó un fuerte resfriado que posteriormente le causaría la muerte. Ella le restó importancia al asunto. «Una gripe a cualquiera le da» -diría.

En París trabajó en un estudio sin calefacción. Su resfriado y malestar seguían, pero Pavlova nuevamente le restó importancia. Lo que sí, es que en París, dijo sentirse fatigada. Durante el viaje sintiose peor; y, al llegar a La Haya tuvo que acostarse. Así fue como la encontró su marido.

Los médicos diagnosticaron pleuresía en el pulmón izquierdo. A pesar de todo esto, Ana no se resignó a quedarse en cama. Preocupada por la temporada que iba a empezar, daba instrucciones a todos sus ayudantes. Sin embargo, el malestar seguía. La infección había invadido el pulmón derecho y el corazón empezaba a debilitarse.
La noche del 23 de enero, Ana se sumió en la inconsciencia; pero, al filo de la media noche, abrió los ojos, llamó a su camarera, quien se le acercó de inmediato inclinándose sobre ella. Entonces Pavlova le dijo: «Prepara mi vestido de cisne». Fueron estas sus últimas palabras. Media hora después, Ana Pavlova había muerto.

Dos días después de su muerte se celebró en Londres una función de ballet. Después del primer número, el maestro se volvió al público y anunció: «Y ahora la orquesta interpretará "La muerte del cisne" en memoria de Ana Pavlova». Levantose el telón y apareció en el escenario obscuro y vacío un solo reflector. Nadie estaba ahí, pero todos recordaban a esta gran bailarina rusa que había sido Ana Pavlova.